Cubiertas vegetales vivas y abono verde

Cubiertas vegetales vivas y abono verde

Los cultivos de cobertura y los abonos verdes se consideran herramientas centrales para avanzar hacia sistemas más sostenibles, resilientes y eficientes en el uso de recursos. Aunque ambos conceptos están estrechamente relacionados, conviene diferenciarlos operativamente: los cultivos de cobertera se establecen principalmente para proporcionar servicios ecosistémicos (protección del suelo, captura de nutrientes, regulación hídrica, supresión de malas hierbas, mejora biológica), mientras que el abono verde enfatiza el destino de la biomasa, que suele incorporarse al suelo para contribuir a la fertilidad y al funcionamiento edáfico. En la práctica, un mismo cultivo puede cumplir ambos roles según el manejo (fecha de terminación, destino de residuos, intensidad de incorporación, etc.) (Yousefi et al., 2024).

En agricultura ecológica, donde la nutrición debe sostenerse con fuentes internas/permitidas y con un enfoque preventivo, los abonos verdes y coberturas cumplen un papel estructural:

  • aportan N (leguminosas),
  • sostienen la actividad biológica y el ciclado de nutrientes,
  • reducen presiones de malas hierbas por competencia y cobertura,
  • ayudan a construir estabilidad estructural y biodiversidad edáfica.

Su valor no es “un insumo”, sino una infraestructura biológica del sistema, que requiere planificación en rotación y coherencia con el conjunto de prácticas (Lamichhane & Alletto, 2022; Koudahe et al., 2022).

  • Abonos verdes: Variedades que favorezcan la fijación de nitrógeno atmosférico. Principalmente leguminosas o gramíneas muy rústicas como cebada, avena, centeno y veza.
  • Control de la erosión: Utilizar especies tapizantes, principalmente gramíneas de porte bajo y fácil control.
  • Aumento de la biodiversidad: Preferentemente, mezclas de especies con ciclos alternativos, que favorezcan la aparición de flores en diferentes momentos del año.
  • Mejora de la estructura del suelo: Se deben utilizar especies con raíces pivotantes, principalmente del género brassica (colza, mostaza, nabo forrajero, etc).
  • Alfalfa: 25-30 (perenne monocubierta).
  • Mielgas: 10 (perenne).
  • Trébol blanco o rojo: 10 y 20-25 (perenne).
  • Alfalfa (20-25) + grama (25) (mezcla perenne, alta densidad de biomasa en verano si hay agua suficiente).
  • Alfalfa (25) + ray-grass inglés (30) o festuca (20) (perenne).
  • Trébol blanco (10) + festuca (20) + dactilo (20) o espiguilla o cebadilla (30).
  • Trébol morado (10) + dichondra (20) (para zonas sombreadas).
  • Esparceta (130-180) + formental (Arrhenatherum elatius) o Festuca arundinacea (4). Siembra otoñal.
  • Mielgas (8) o alfalfa (20)+ meliloto (10) + trébol subterráneo (20)+ esparceta o pipirigallo (30) + espiguilla o cebadilla (20) + aliso de mar (5) + pimpinela menor (5)
  • Veza (100) + avena (80). Siembra en otoño o primavera (marzo-abril).
  • Veza (60) + guisante (70) + avena (70). Siembra en primavera o verano (julio).
  • Veza (60) + guisante (70) + cebada o centeno (70). Siembra en otoño.
  • Guisante (120) + avena (80). Siembra en primavera o verano.

Sus efectos favorables son múltiples ya que estimulan la actividad biológica del suelo, mejoran su estructura, protegen de la erosión, reducen la evaporación, aceleran la mineralización del humus, disminuyen la lixiviación de los nutrientes al retenerlos y subirlos de los horizontes más bajos de suelo, facilitan la descomposición de las ligninas y celulosas, limitan el desarrollo de las adventicias, etc.

  • Leguminosas: Fijan nitrógeno; un cultivo de alfalfa puede fijar hasta 200 kg de N por ha y año, mientras que una veza puede llegar a aportar unos 100 kg de N/ha y año.
  • Crucíferas: Poseen una buena capacidad de humificación (desarrollan grandes cantidades de biomasa), y enriquecen en potasio.
  • Gramíneas: Aportan bastante biomasa. En investigaciones recientes se ha visto relación entre la transformación en formas asimilables de nutrientes como el hierro y las bacterias que viven en la rizosfera de las avenas.

La presencia de cubiertas vegetales vivas contribuye a la salud del suelo, ya que, al completar su ciclo y descomponerse, incorporan materia orgánica vegetal que mejora la fertilidad, la actividad biológica y la estructura del suelo.

La implantación y la gestión de una cubierta es clave para conseguir el objetivo definido. No se trata igual una cubierta en cítricos (regadío), que en secano.

En los sistemas intensivos del Campo de Cartagena es prioritario implantar cubiertas vegetales en periodos intercultivo, especialmente en parcelas con pendientes o cercanas a cauces, para interceptar el agua de escorrentía y captar los nitratos residuales. Estas cubiertas pueden combinarse con la siembra de leguminosas para aportar nitrógeno biológico y diversificar el sistema.

En el Mediterráneo, por disponibilidad de agua, siempre será recomendable realizar siembras otoñales frente a las de primavera.

Pueden realizarse una o varias siegas antes de su entierro definitivo. Cuantas más siegas se den, estaremos ampliando el periodo de fijación de nitrógeno y otros nutrientes, mientras que sus raíces darán aireación del suelo. La alfalfa, la podemos segar en primavera cuando está floreciendo, cuando ya ha acumulado reservas en sus raíces, para enterrar más adelante.

La competencia por el agua en un sistema de manejo de riego por goteo, deja de ser una realidad. Las plantas espontáneas frenan su desarrollo o se agotan en la época más seca, y reverdecen con las primeras lluvias. En zonas de secano, se siegan las cubiertas para evitar competencia directa con el cultivo.

Actualmente, se están realizando implantaciones con especies autóctonas, como son las gramíneas del género Brachypodium. Tienen una gran adaptación al clima semiárido (crecen muy bien sin agua) y su altura máxima es de 20cm. Se puede conseguir en distintas empresas distribuidoras, una de ellas es Agrosemillas (Cuenca).

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