La fertilidad, es la capacidad de los suelos agrícolas para mantener de manera perdurable, un nivel de producción estable y de calidad, conservando un estado de alta resiliencia frente a los procesos que implican su degradación y todo ello dentro de una amplia gama de condiciones locales agroambientales, socioeconómicas y culturales.
La gestión de la fertilidad del suelo se llevaba a cabo principalmente optimizando la gestión del agua y la materia orgánica. Respecto a esta última, por medio de prácticas como: fertilización mediante las avenidas, aporte de enmiendas orgánicas, incorporación de restos de cosecha y hojarasca, uso de asociaciones y rotaciones de cultivo, compostaje, etc. A todo lo anterior se añadía la gestión de la propia superficie mediante barbecho, laboreo mínimo y no laboreo.

En líneas generales, el manejo de la fertilidad del suelo está basado en tres vías complementarias:
- Potenciar la biodiversidad edáfica
- Incrementar la cantidad y disponibilidad de los nutrientes
- Potenciar aspectos que impidan la degradación del suelo
En los últimos años, han surgido modelos de gestión agrícola que “venden” sostenibilidad (como la agricultura de conservación o la integrada), sin embargo, se basan en los mismos planteamientos productivistas que la agricultura convencional, aunque “suavizando” algunas técnicas de manejo:
- Agricultura de conservación: mínimo o ningún laboreo, aporte de restos de cosecha, abonos minerales, semillas transgénicas y herbicidas.
- Agricultura integrada: control biológico y tratamientos químicos controlados, uso de transgénicos, herbicidas y abonos minerales.
